A veces no sé cómo comenzar un escrito, miro y miro la página en blanco y me parece que cada palabra va a romper la hoja, mis manos se van volviendo tan pesadas, comienzo a pensar que nada va a salir de mi mente, vacía y blanca, una aglomeración de muchas cosas que al mismo tiempo pueden ser nada, como una simple ilusión óptica.
Tenía que salir rápidamente, sabía que él ya estaba enojado y que no daría espera alguna, pues dos días atrás estábamos cruzando dedos para que quince personas que habían reservado los puestos en el tren primero que nosotros cancelaran su reservación, la idea era viajar doce horas en un tren y en la mañana llegar a un lugar llamado Allepey, localizado en el estado de Kerala y famoso por las casas flotantes, los inmensos canales acuáticos y la rica comida, esa es la razón por la cual salí pedaleando a toda carrera desde la empresa hasta mi casa, cuando llegué Jaime estaba muy callado y ya tenía todo listo, me aliste lo más pronto y fuimos a toda carrera para la estación del tren, el día había cambiado mucho, al momento de salir de casa, unas nubes se habían apoderado del firmamento y la humedad hacia que tus manos fueran pegajosas, yo no quise decir nada, pues no veía razón por la cual debería pronunciar palabra alguna, ni tampoco por la cual debería cambiar el temperamento de Jaime, quien iba adelante a paso ligero. Finalmente llegamos al tren, gente que entraba y otra que salía, vimos los puestos donde nos había tocado y no creíamos que podía ser posible que alguien fuera en sleeper class en semejantes puestos, es por eso que revisamos varias veces que aquellos si fueran nuestros asientos, estábamos consternados, pensábamos que la noche iba a ser larga y lo único que habíamos llevado eran unos panes hojaldrados con especias en el centro, ya no había vuelta atrás, como dice el dicho, untado el dedo, untada toda la mano, me senté y cerré los ojos imaginando que pronto estaríamos allá, quería estar lo más tranquilo posible y justo al frente de mí, habían tres personas un hombre alto y flaco, con solo una maleta, parece como si este fuera un recorrido normal para él, doce horas de rutinario viaje, el segundo era un hombre delgado y un poco más pequeño con una mirada seria, en todo momento observaba su celular, por ultimo un señor que nunca estuvo más de cinco minutos en su asiento, llegó, puso sus maletas junto a él, se levantó y se fue, callados nos mirábamos cada uno, ellos al frente, nosotros de éste lado, como si fuera una película de Fassbinder.Llego la hora de dormir, el asiento del medio es retráctil, está fijado a los compartimientos del tren y para cuando es hora de dormir se levanta de un extremo y en sus esquinas tiene unos pequeños hoyos para sujetarlo con unas cadenas que cuelgan desde el compartimiento superior, acomode todo mi equipaje, puse la mochila en la cabecera, recostado de lado veía por la ventana rayos que caían en la lejanía e iluminaban todo el firmamento, los arboles inundados por la luz de la noche, tenían un silencio monótono y todo parecía un poema, un brillo nocturno de repente me alegraba un poco y daba, cada vez, más sentido a mi viaje, estuve por varias horas inmóvil mirando por la ventana, algo parecido al placer que se halla al ver la lluvia cuando cae, era una noche hermosa, como las de Jose Asunción, yo un noctámbulo, resultado de una mente inquisitiva y las arduas horas sentado en la oscuridad en frente de una computadora, estaba contento, monocromo al frente de la luz en blanco y negro del paisaje.
Me había quedado dormido, el tren se movía como si tuviera su propio ritmo, y cíclicamente un ruido sonaba, como si fuera una ballena azul, que lanza sonidos de vez en vez para abrir camino a su paso, en medio de la oscuridad. Las personas todas se habían incorporado a sus asientos, algunos pensativos se les veía mirar sus celulares en la oscuridad, otros estaban dormidos y en la esquina una mujer cuidaba de su nieto, él dormía profundamente, pero ella estaba a su lado, era una mujer de unos setenta años aproximadamente, un sari color azul claro, sandalias rojas, mirada fija y manos cansadas, seguramente esta no es la primera noche que ha pasado sin dormir, allí sin rechistar permanecía inmóvil. Callado en la oscuridad miraba mi alrededor y a veces mi miraba se quedaba estática en el horizonte a través de la ventana.
Cuando faltaban cuatro horas para llegar, sucumbí a la naturaleza, mi intestino crujía y empecé a maldecir los panes hojaldrados del día anterior, estaba implorando que no tuviera que usar el baño, pero no hubo poder, ni fuerza de voluntad, entré y sabía lo que me esperaba, lo que tanto evitaba se vio realizado, después de quince minutos en la letrina, a falta de papel me quede sin medias y ya me he acostumbrado a saber que de un momento estaré buscando un lugar solitario aquí en India, es decir, he aprendido a vivir con el mal.
Al final llegamos a Kerala, algo pálido, un poco cansado, cruzamos las calles de Allepey, yo buscaba agua, mi garganta estaba reseca, entramos a una caseta, estaba lloviendo y nos quedamos en la entrada, esperando que la lluvia parase, pero no tuvimos tiempo, el conductor de un tuctuc nos ofreció llevarnos a un hostal por una muy buena suma, nos subimos y efectivamente, pensé que nos iban a cobrar más caro por ser extranjeros, pero no, todo estuvo de acuerdo a los precios normales, esa noche salimos a ver las calles, un pueblito mágico donde el verde lo invade todo.
Al siguiente día, el viernes salimos a las casas flotantes, los barcos parecen de otra época, la gente se ha acostumbrado a vivir al lado de los canales, no hay carros, hay pequeñas embarcaciones, aquí y allá personas que toman un baño de madrugada, el sol entra por las ventanas como si este día fuera a aniquilar todos los demás, me sentí estático, inmóvil como una estatua, la quietud de las aguas, el sonido de los remos, el agua que invade cada espacio, los colores que impregnan todos los sentidos, un orgasmo cósmico de muchas imágenes, soy una esponja que absorbe hasta lo más mínimo, todo a mi alrededor da vueltas, para los físicos soy el máximo observador, el punto de referencia. Desde el otro lado una voz me llama y me dice: hey colombianito!, era la voz de Verena, una amiga de Jaime que estaba trabajando como profesora de Alemán en el estado de Kerala, nos subimos a una embarcación y comenzamos un viaje por los canales, era como el Atlantis, todo ocurría en torno al agua, tenía una sensación de tranquilidad que hasta creí que mi corazón no latía, o si lo hacía, lo hacía de una manera imperceptible, era un sosiego que se transfería por cada vena y cada poro.
Cuando llego la noche, estaba en la parte superior del barco y una pequeña luz empezó a brillar, luego después le siguieron una tras otra miles de luciérnagas que invadieron el ambiente, los zapos y pájaros de la noche cantaban y silenciosamente pequeñas luces emergían y se apagaban como estrellitas, no se cansaban y cada vez más habían más y más, era una fiesta nocturna, una danza en la oscuridad, me imagine metamorfoseado, convertido en una luciérnaga más, naciendo en la oscuridad, dando destellos, que maravilla es la vida, un insecto que puede ser insignificante nos hace ver cuán humanos somos, hasta dónde puede llegar nuestro orgullo.
El sábado en la tarde, fuimos a una ciudad cercana llamada Kochi, acababa de llover y la carretera apenas se secaba, aun así, los carros no disminuían la velocidad, todos iban rápidos, las personas salían a buscar métodos de esparcimiento, la ciudad un poco más tranquila que la ruidosa Chennai, estaba rodeada de edificios y compañías de telecomunicaciones e informática, al parecer la mayoría de la gente era musulmana y como es normal en el sur, todo mundo es más conservador, queríamos vernos una película, estuvimos esperando un buen rato, hasta que finalmente abrieron las puertas, aquí la fiebre de las películas tiene otro nivel, me hace sentir como un niño, cuando estaba pequeño disfrutaba mucho las películas, veía a Bruce Lee girar la mirada rápidamente, con un plano general, o a Robert de Niro en taxi driver, me queda perplejo, se me ponía la piel de gallina, recuerdo que mi papá me regañaba cuando íbamos a alquilar una película, pues me decía que escogiera una y no era capaz, la indecisión me embargaba, esta fiebre la tenía olvidada, en el distrito de Kochi, en el estado de Kerala, la gente grita cuando ve el súper héroe, aplaude cuando sobrevive el protagonista y se levanta de las ruinas, que buenos eran aquellos días donde las cajas de betamax inundaban la sala.
El Ultimo día fuimos de nuevo a los canales, pero esta vez queríamos practicar canope, emprendimos un viaje al interior, acompañados por un hombre que vivía de transportar gente a través de los canales, yo estaba ansioso, quería estar cerca del agua, sentir la tranquilidad de los remos entrando en el agua, sentir el sol, ver las personas más de cerca, remar con fuerza y que cada bocanada de aire invada mis pulmones, todo estuvo muy tranquilo y muy bueno al comienzo, pero luego los músculos se fueron cansando y nos dimos cuenta que eso de remar no era tan fácil, que hay que tener mucha resistencia y coordinación, cosa que estábamos a leguas de alcanzar, aún así dimos lo más que pudimos y no pienso que no haya ido tan mal. Almorzamos con la familia del señor que nos guiaba, en ese instante me di cuenta que las luciérnagas siguen brillando incluso de día, la hija del señor saco un álbum fotográfico y nos mostró la foto de toda la gente que había ido allí a navegar entre los canales, cientos de cartas, cientos de miradas, ésta pequeña mujer luego sacó una maleta para pequeños magos, tenía una varita mágica, también un librito con trucos, un sombrerito y una capa, ella empezó a hacer trucos, mientras su madre reía, pues eran demasiado obvios, aun así, mágicamente nos hizo reír, pues se notaba que tenía un espíritu fuerte e imparable y la tranquilidad de su padre generaba una atmosfera cálida, y mi mente inquita se transportó como Siddhartha en frente de un rio, un rio donde las aguas son claras y cada remo que entra lleva consigo miles de respuestas, remontado sobre la inmensidad como una iluminación, lleno de hermosos paisajes, de hermosas luciérnagas que viajan y brillan a cualquier hora del día, haciéndonos reír profundamente sin que nadie lo note.


