Cuando estamos solos, nos damos cuenta en realidad quienes
somos, despertamos de un sueño del que ni siquiera éramos conscientes, a veces hasta nos llenamos de miedo, un miedo
que nos sube por el cuello, que nos congela el cerebro y nos vuelve estáticos, nos
quedamos petrificados ante la posibilidad de que alguien no nos busque o de que
alguien no sepa dónde estamos.
Esta es la forma de comenzar este relato, dije para mí, porque
no siempre todo comienza con algo bien elaborado, como una comida en un
restaurante caro; una bebida, luego un aperitivo, luego una entrada, luego el
plato fuerte, un postre y un trago de vino. A veces comienza con el plato fuerte y ya, no espere nada
más porque no se le va a dar, en fin el caso es que afuera hace un calor de cuarenta
grados, las calles infestadas de gente, es como si el trabajo de la gente es
caminar, y cuando suena la campana, es decir, sale el sol, todo mundo sale de
sus casas y camina de aquí para allá,
ese es el trabajo, pero es que es tanta la gente que no da ganas de salir, de
todas formas siempre se necesita, salir y dar la cara a la realidad, rostros
familiares, rostros amistosos, rostros tristes, preocupados, hambrientos, que
en un país de más de mil millones de personas, la mayoría trabaja por miserias,
pues eso es lo que hay para comer, es por eso que no todo mundo sonríe, esto se
les nota, después de trabajar quince horas a nadie le van a quedar ganas de sonreír.
Llegué a una farmacia, mi rostro era de dolor, hace unos días
fui a nadar al mar en la bahía de Bengala, para ser más exacto fui a un lugar
llamado Mahabalipuram, es la tierra de los templos, la tarde era maravillosa,
la tierra era gruesa, como es normal en estas tierras de muchos colores, la
arena es naranja y el sol brilla con intensidad, las olas pegan fuerte y el mar
tiene una fuerza que lo succiona a uno, lo adentran a uno sin darse cuenta,
recuerdo una ola que vino con tanta fuerza, estaba muy contento, pues quería nadar
sobre la ola y llegar a la orilla, pero que va, la ola me revolcó y salí raspado
en la arena, me levanté y me quite la arena, pero me había entrado agua en los oídos,
estuve intentado sacar esa agua, pero no salía, al cabo de cinco días esa agua
me dio una infección en el oído que me hizo ver el infierno, el oído me
palpitaba, la fiebre me dejaba sudando en la cama y allí es cuando quise volver,
extrañe tantas cosas, los días anteriores solo había dormido dos horas y no
tenía fuerzas para salir, aun así, tenía que salir, hasta que llegué al
principio de éste párrafo.
En los próximos días estuve yendo al médico, me sacaron de
la oreja mucha tierra de mar y agua, de inmediato sentí el cambio, como si Jesús
me hubiera escupido mis orejas y me
hubiera dicho ve en paz hijo mío. Salí rápido para la casa, no había comido
casi y en esos días cociné comida de Colombia, intenté hacer un sudado con las
especias de la India, pero eso fue todo un fracaso, había quedado tan picante
que sudaba para comer y las papas eran dulces, como tenía tanta hambre me supo
rico, y sin más dije: algo es algo, peor es nada.
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